martes, 27 de noviembre de 2018

Perdona

madre

Perdona esta impaciencia de mis huesos
por huirte

apenas si adherido el sol
entre mis párpados
tenuemente húmedos, 

apenas si
rozado el aire espeso de mi hambruna

perdona la promesa irrevocablemente
muerta

y mi falta de arrepentimiento
al cruzar el aire
doblado de inminencias
brutales como el impulso rojo del
estío en la docilidad del miedo. 

Perdona que abandone tan
alegremente la batalla, sin 
suplicio,
sin el dolor constante, espoleado de
la herida levantada en quien se ama. 


Perdona esta soledad, esta inapelable
soledad de ser como nacimos
o como muda y mansamente moriremos,
este cilicio asiduo de mis horas
este paisaje ajeno al ascender la blanca y lenta
madrugada.
La quietud del lago, su barniz levísimo
de hielo en polvo, sombra a tierra. 

Perdona la magnitud 
de mi abandono,
la estatura sorpresiva y silueta helada
de mi ausencia. 


Aquí, donde cabía
besarnos a la luz, llevar al pecho
nuestras manos estragadas de palpar
desgastar la piel de no abrazarla, herir
de diferente modo como si
herirnos 
nos salvara. 

Perdona, lejanía
inmutable de mi amor, vértigo
en los ojos y los secos huesos
imbricados como el desespero, íntimo
ramaje astillado contra el corazón,
arroyo cimbreado por áridas
costuras. 


Perdona que me vaya,
que no interponga mi miedo
ante tu miedo
que no ocupe tu vacío y lama
la templada zona de tus llagas, gemelas
de las mías,
que ya no te confine y guarde, lleve
hasta la linde helada de mi sombra. 

Perdona el amor insuficiente del que huyo,
desertora muerta en la cadencia
del deseo, tu estirpe mutilada,
tu agua en su cauce yerto interrumpida, 
tu dolor en bruto como un astro,
el rastro ilegible 
de tu trazo. 

Mi amor es una piedra,
una piedra de escabrosos sueños
sepultada en un lecho submarino
de flores secas que la nublan.

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