Qué despacio decrecemos
el latido estéril
la dolorosa oquedad
de cada ausencia
En el aire danzante
tanta luz
inexplicable, tanto vuelo alzado
El ansia
delgada e inmutable
por aspirar hasta el silencio
y que nos traspase el pecho
su blancura
que nos trace
una senda retornada
un rumbo
precipitado a la quietud,
un error tranquilo,
una libertad de pasos
posibles al filo
agudo del abismo.
Qué despacio
decrecemos,
declinamos, nos hacemos
átomo y pavesa,
jirón resuelto en hoja yerta
con los bordes negros, ocres,
amarillos.
Siempre el pasado transparece
como un paisaje matinal al aire
venturosamente puro
de lo ajeno.
Qué despacio
la familiar altura
de la sombra cuando
ya no existe la quietud,
ni el sueño legítimo y dolemos,
terminamos
con sólo mirarnos, con sólo
acariciarnos en la herida,
dolemos, nos dolemos y lloramos.
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